Opinión

López Obrador y los obradorcitos

Viri Ríos
ORO NEGRO

Cuando Andrés Manuel López Obrador ganó las elecciones a la presidencia en 2018, muchos auguraron el fin de los partidos políticos tradicionales en México. La realidad ha sido distinta.

Aunque debilitados, los partidos mexicanos siguen existiendo. Solo que han renunciado a ser una oposición propositiva e innovadora.

En cambio, se han vuelto un simple vehículo para acceder al poder. Ya no representan una ideología concreta. Son un cascarón que les permite obtener recursos públicos para concursar en las elecciones. Y, si son suficientemente populares, incluso ganar alguna.

El problema para ellos es que en México nadie es más popular que López Obrador (el presidente tiene una aprobación del 61 por ciento y su partido domina las preferencias electorales con casi el doble de votos efectivos que cualquiera de sus contrincantes). Así que la estrategia más común de quienes quieren ganar una elección se ha reducido a imitarlo.

Cuando Andrés Manuel López Obrador ganó las elecciones a la presidencia en 2018, muchos auguraron el fin de los partidos políticos tradicionales en México. La realidad ha sido distinta.

Aunque debilitados, los partidos mexicanos siguen existiendo. Solo que han renunciado a ser una oposición propositiva e innovadora.

En cambio, se han vuelto un simple vehículo para acceder al poder. Ya no representan una ideología concreta. Son un cascarón que les permite obtener recursos públicos para concursar en las elecciones. Y, si son suficientemente populares, incluso ganar alguna.

El problema para ellos es que en México nadie es más popular que López Obrador (el presidente tiene una aprobación del 61 por ciento y su partido domina las preferencias electorales con casi el doble de votos efectivos que cualquiera de sus contrincantes). Así que la estrategia más común de quienes quieren ganar una elección se ha reducido a imitarlo.

La estrategia de Anaya no solo es una burda imitación del estilo itinerante de López Obrador —quien es famoso por haber recorrido “el equivalente de 4 vueltas al mundo” dentro de México durante sus giras presidenciales— sino que es una declaración tácita de la situación en México: hay una crisis de los partidos y una falta de políticos jóvenes que tengan el respaldo partidista.

La conclusión es clara: es necesaria la renovación de la clase política mexicana pero los partidos opositores no saben cómo lograrla.

La gira de Anaya ha generado un buen número de memes y parodias. No es para menos: parece el reality show de alguien que va al México rural de campamento. Visita comunidades pobres usando “puffy jackets” y camisas tipo polo. Más que empatía o liderazgo, el precandidato da curiosidad y un poco de risa. Su viaje se percibe como artificial y poco auténtico. Se graba todo el día desde que amanece hasta que apaga la luz para dormirse en un catre.

Los imitadores de López Obrador cometen el error de confundir la política con la popularidad. Piensan que el presidente gana elecciones por ser popular. En realidad, las gana por ser un político muy hábil. Su éxito no yace en que ha viajado por todo México sino en que ha logrado reunir el apoyo de grupos que se sentían excluidos.

Aún más interesante es el hecho de que los imitadores también han surgido dentro de Morena, el partido de López Obrador.

Jóvenes políticos, aspirantes a diputados federales imitan al presidente en su cadencia al hablar, en su vestir y hasta en su forma de vida. Un joven que aspira a ser diputado en Ciudad de México hizo un video donde celebra que nunca ha salido de su alcaldía en 23 años de vida. Emula la reticencia que tiene López Obrador a salir de México y hasta su hablar pausado ante la cámara.

Otro joven candidato celebra su lealtad a López Obrador usando como eslogan el que “para un obradorista, no hay nada mejor que otro obradorista.” En sus videos lamenta que en su ciudad “no hay una calle que lleve el nombre de la ‘cuarta transformación’”, el mote que López Obrador utiliza para llamar a su sexenio.

El obradorismo dentro de Morena se ha vuelto una suerte de corriente ideológica, una lucha por ver quién es más Obrador que López Obrador.

Algunos partidos de oposición —especialmente los antiguos dominadores de la política mexicana: el PRI y el PAN— han optado por estrategias aún más burdas para ser populares sin tener que hacer un verdadero trabajo de base que los conecte con los electores. La elección intermedia está llena de cantantes, actores, deportistas y comediantes que buscan ser diputados. Entre los candidatos se encuentran famosos luchadores como Tinieblas, quien acudió a registrarse usando una máscara.

Muchos de estos candidatos no son representantes de ningún movimiento social o causa pública, sino el resultado de algoritmos de popularidad que buscan maximizar la posibilidad de llegar al poder para ciertos partidos. En palabras de la cantante Paquita la del Barrio, la intérprete de la canción “Rata de dos patas” que aspira a ser diputada local: “No sé a qué vengo aquí”, dijo, pero “hay personas atrás de mi que son las que me van a enseñar a manejar este asunto”.

Y hay otros personajes que buscan ser populares para capitalizarlo políticamente en el futuro. Un caso destacado es el empresario Ricardo Salinas Pliego, quien no ha expresado interés directo en la política pero ha estado cambiando su perfil público. Sus acciones emulan las de varios millonarios que, como Donald Trump, luego de volverse figuras públicas, decidieron dar un salto a la política.

En lugar de imitarlo, los clones de López Obrador deberían cambiar su estrategia. Ello requiere, sobre todo, dejar de ser cazadores de popularidad y convertirse en formadores de ella. Es decir, se debe dejar de buscar imitar a figuras populares, o montarse sobre la popularidad de otros.

El problema no es que no haya liderazgos, sino que la mayoría de ellos operan fuera de la política: en la sociedad civil o hasta la opinión pública. Los partidos deberían convertirse en un semillero de talento que entrene a líderes locales y en catalizadores de esos líderes para que entren a la política profesional con una causa y volverse populares por ello.

Una forma de lograrlo es identificar personas que ya representan una causa y ayudarlos a potenciarse, dándoles entrenamiento y recursos. Aún si las causas de estos líderes son pequeñas o muy locales, un partido podría ampliarlas y visibilizarlas.

Los partidos deben transitar este duro camino para encontrar y nutrir talento político nuevo. De lo contrario, no podrán escapar de la trampa de la imitación y la popularidad fácil. La renovación de la clase política mexicana no se dará por generación espontánea.

Viri Ríos es analista política y colaboradora regular en español de The New York Times. @Viri_Rios

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