Opinión

Lo que no se dijo de la refinería que compra Pemex II

“Buena compra y mejor venta”, me dijo ayer Fermín Narváez en torno a la transacción anunciada el lunes por el presidente Andrés Manuel López Obrador para que Pemex adquiera la mitad que le falta en la refinería texana de Deer Park. Narváez fue gerente de la refinería de Cadereyta de la petrolera nacional.

Asumamos que no hay decisiones perfectas en los negocios, aunque hay unas más buenas que otras.

Como todas las grandes petroleras, Shell se apresura para quitarse de encima la ‘mancha’ de contaminante y se forma al principio de la fila para atender una nueva generación de coches.

El detalle de su plan es otra cosa que no se dijo el lunes: Shell anunció al inicio del año su interés por deshacerse de siete refinerías.

Convenientemente, a la gente de Pemex se le ocurrió al mismo tiempo comprar una. Con la de Deer Park, al parecer lleva al menos tres ‘colocadas’.

Para descarbonizar el planeta, la empresa divulgó su decisión de “transformar su huella de refinación, de 13 instalaciones, a seis Parques Químicos y de Energía, y reducir 55 por ciento la producción de combustibles tradicionales hacia 2030”, lo que consta en documentos oficiales de la compañía europea. ¿Quieren ellos quedarse pobres con este achicamiento? No, quieren cerrar refinerías y enfocarse en generar de mil a dos mil millones de dólares adicionales anuales por la vía del negocio petroquímico.

Solo en lo que va de mayo trascendieron las siguientes negociaciones de venta de sus propiedades:

Uno. La de Convent, en Lousiana, a la empresa American Clean Energy Refining (ACER), por mil 250 millones de dólares.

Dos. Puget Sound, cercana a Anacortes, Washington, por 350 millones de dólares, amén de lo que haya de dinero en combustibles embodegados para cuando cierren la negociación.

Y tres. La de Deer Park, a Pemex, cuyo director con gran tino seleccionó estos días para hacer una fortuita oferta por 596 millones de dólares.

Detrás del contexto de esta aparente ‘venta de garage’, está el asunto de las fallas.

El 15 de febrero Deer Park debió cerrar sus operaciones de refinación debido a problemas en sus unidades de destilación. Al final, se trata de un activo cuya construcción inició hace casi 100 años. Sus costos de mantenimiento serán retadores.

También hay que abordar la gran pericia que requerirá Octavio Romero, director de Pemex. Tratar con el sustituto de Carlos Romero Deschamps en el sindicato petrolero es una cosa, pero hacerlo con Tom Conway, líder de la Unión Steelworkers es lidiar un toro en Las Ventas.

El ingreso mensual más bajo para un trabajador de Pemex ronda los 20 mil pesos, el de uno de Shell triplica esa cantidad y de acuerdo con lo dicho esta semana por la compañía de origen europeo, nadie puede cambiar el trato que se les dará a los empleados del otro lado de la frontera.

En los hechos, de concretarse el acuerdo Pemex tendrá dos tipos de trabajadores: los de altos salarios… y los mexicanos.

“Pemex ofrecerá empleo a los empleados asignados a los activos de la refinería en el alcance de la desinversión con efecto al cierre de acuerdo de la transacción”, informó Shell al detallar el trato con los mexicanos en un comunicado y añadió: “Pemex reconocerá a United Steelworkers y adoptará el Convenio de Negociación Colectiva”.

Dicho convenio es lo más parecido a un contrato colectivo de trabajo como el que Pemex renueva con frecuencia con sus trabajadores nacionales y ahora habrá de negociar periódicamente también con el gremio referido.

Tanto esfuerzo que se aproxima para una empresa tan endeudada como Pemex debe tener un premio, a menos que los de Shell sepan algo que los mexicanos, no.

Insistí al respecto al experimentado Narváez sobre los riesgos.

“Si el cambio a autos eléctricos en México es pronto, entonces sería: mala compra y excelente venta”, reconoció.

Jonathan Ruiz Torre
Parteaguas

El autor es director general de Proyectos Especiales y Ediciones Regionales de El Financiero.

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