Opinión

Insana distancia tuvieron con AMLO

CARLOS MARIN
EL ASALTO A LA RAZÓN

Quién, dónde o cuándo fue contagiado el presidente de la República es imposible saberlo aún porque son incontables las personas a las que, durante un año casi, se les permitió mantener con él una insana distancia. Y sin cubrebocas además.

Andrés Manuel López Obrador solo confía en sí mismo y nadie ha logrado hacerle cambiar de opinión en asuntos que le importan, incluido el indeseable de la pandemia.

No se puede comprobar, pero su exposición al virus habría sido significativamente menor si en su equipo de confianza hubiera gente de sólido carácter en vez de los pasivos y caravaneros incondicionales predispuestos ante todo al lacayuno “sí, señor”.

De los riesgos a la salud y la vida de los presidentes se ocupaba el Estado Mayor Presidencial, cuyos antecedentes se remontan a los machuchones desde los primeros años de la Independencia y quienes los sucedieron en el convulso siglo XIX que, con modificaciones, ampliaciones y abusos, conservaron los gobiernos posteriores a la Revolución, incluidos los “neoliberales” hasta Enrique Peña Nieto.

Ese cuerpo militar tenía a su cargo la integridad física del Presidente y su familia, pero no solo ante eventuales agresiones o atentados, sino también de las amenazas a su salud, para lo cual diseñaba una logística precisa en coordinación con el médico de cabecera y los especialistas de mayor confianza.

Donde quiera que estuviera el mandatario y adonde fuera que viajara, planeaba rutas, llegadas y salidas alternas; recorridos, medios de transporte; sabía de bancos de sangre, clínicas y hospitales nacionales y extranjeros para casos de emergencia, y se aseguraba de que el Presidente tomara inclusive sus medicamentos rutinarios, así fuera una aspirina.

Y ojo: la seguridad del mandatario en turno jamás dependió de su voluntad, sino de la institución creada ex profeso para garantizarla. Durante su mandato, Vicente Fox encabezó un acto en algún auditorio y al terminar quiso irse por un pasillo no contemplado por el Estado Mayor.

“Lo siento, señor, la salida es por allá”, balbuceó el soldado que custodiaba el sitio. “¡Soy tu jefe!”, le recordó Fox, pero el militar se amachó: “Lo siento, señor Presidente, mis instrucciones son que por aquí no pase nadie”.

Fox apechugó. El insubordinado purgó arresto de 15 días por desobedecer al comandante supremo de las fuerzas armadas y, sin embargo, regresó a sus funciones en el EMP con la frente en alto y el respeto marcadamente afectuoso del Presidente.

Hoy la protección de López Obrador sigue dependiendo de los militares, pero solo la que puede librarlo de ataques corporales. Ante la peste, el Presidente se ufana de seguir las instrucciones de los doctores y otros científicos que dice ya quisieran otros países, equipo que jefatura Hugo López-Gatell.

El mismo “experto” que fue incapaz de imponer el cubrebocas, si no al necio Presidente a quien deseo pronta recuperación, a todas y todos los que, como es obvio, pudieron contagiarlo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mira igual
Close
Back to top button