Opinión

El karma de Lozoya


Si alguien cree que lo que decidió un juez en la audiencia de Emilio Lozoya es justicia, en muy poco tiempo quedará decepcionado. Dejarlo en prisión preventiva no es juzgarlo. En todo caso, es pago de karma, y ni siquiera por haber participado en una red de corrupción de dimensiones monumentales, sino por haberse burlado de las autoridades y de los mexicanos al seguir con su vida de lujo y ostentación.

Sí. La prisión preventiva es la respuesta del gobierno mexicano, vengativo, por el mal trago que hizo pasar la foto de la periodista Lourdes Mendoza, esa en la que se le ve en un fino restaurante conocido por su platillo de pato. La imagen de Lozoya gozando de la vida fue un golpe a la línea de flotación del barco contra la corrupción. No sus mentiras ni su falsa cooperación, ni la burla que ya era evidente. La imagen… esa sí que golpeó el lado político del caso. Lozoya no podía seguir sin castigo por cenar.

Por robar y ser cómplice de corrupción sí puede estar sin castigo. De hecho, el juez amplió el plazo para que la defensa encuentre más elementos a favor del exdirector de Pemex, antes de que comience el juicio. Por eso está guardado y no encarcelado. No está pagando aún ninguna deuda con la sociedad; está pagando la cena.

A partir de ahora, Lozoya entra en ese pozo sin fondo que es la prisión preventiva. Ese limbo en el que el 40 por ciento de las personas privadas de su libertad pasan sus días antes de que un juez los condene o los exonere. Y no hagan caso de los límites que impone la ley: los así tratados pueden estar durante sexenios en ese purgatorio. ¿Sabían que Israel Vallarta ya lleva 16 años sin que se le encuentre culpable de secuestro? ¡Cómo va a ser!

Pues sí. Es. En general, los menos favorecidos por la vida y la economía se quedan sin sentencia porque la tubería del sistema está atascada. Pero los Lozoya y los peces gordos amplían a propósito estos periodos porque más vale estar en el limbo que con los 35 años ya firmados de sentencia.

La prisión preventiva es un exceso que no debería aplicarse a nadie, pero sirve perfectamente de excusa para lavar la cara ante la ineptitud de las instituciones encargadas de investigar y acusar a los delincuentes. Mientras sean peras o sean manzanas, los guardan bajo la sombra y algunos saben aprovechar eso.

El caso del expriista es, claramente, un caso especial que toca lindes de gobernabilidad. Por eso tuvo trato privilegiado, porque es un juicio de doble filo. Puede ser el símbolo del combate a la corrupción o el juicio que hunda a quien nadie quiere hundir. Por eso, con pinzas. Y por eso, más tiempo a los defensores. Y por eso, no importa que el fiscal Gertz Manero tenga todos los pelos de la burra en la mano y asegure que las pruebas son firmes y está listo para acusar a Lozoya. El problema es que quieran.

Hoy Lozoya está en la cárcel pero la justicia no ha llegado. La conveniencia política del gobierno en turno seguirá dictando los capítulos de esta novela que no tiene aún un guion para mostrar desnuda a la pandilla que metió las manos en donde no debía.

Por ahora, sólo es karma. Causa y efecto: al que cena pato, le toca pagar.
Ivabelle Arroyo/El Economista

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