Opinión

El Gran Infractor Ambiental

Ningún tribunal, mexicano o internacional, ha sentenciado a Petróleos Mexicanos a reducir su huella de carbono –incluyendo las de sus proveedores y clientes– casi a la mitad en menos de 10 años. Por ahora, el veredicto que capturó la imaginación del mundo obliga exclusivamente a Shell. Pero Friends of the Earth International, la organización que promovió la demanda, difícilmente se va a detener ahí. “Nuestra esperanza es que este veredicto desencadene una ola de litigio climático en contra de los ‘grandes contaminadores’, forzándolos a dejar de extraer y quemar combustibles fósiles”, dijo la organización la semana pasada.

Para México, esto representa un riesgo del tamaño de Pemex. Las obligaciones climáticas de una petrolera propiedad del Estado mexicano, quien ha adquirido compromisos internacionales vinculantes, parecen jurídicamente más claras que las de Shell. Puede ser decepcionante que el gobierno mexicano haya arrastrado los pies con sus contribuciones nacionalmente definidas (NDC, por sus siglas en inglés) que presentó en el 2020 bajo el acuerdo de París, ratificándolas en vez de aumentándolas.

Pero eso no quita que tiene la obligación de reducir el 22% de las emisiones de gases de efecto invernadero al año 2030 respecto al escenario tendencial. Por su carácter estatal, ¿no tendría Pemex, el mayor emisor de gases de efecto invernadero de América Latina, una responsabilidad directa con el cumplimiento de este compromiso internacional? ¿Su posición preponderante como productor y suministrador de gas y petróleo en México, los combustibles que generan más de 85% de las emisiones en el país, no la convierte en el principal sujeto a obligar? 

Claro que Pemex estaba acostumbrado a volar bajo el radar en estos temas. A pesar de los esfuerzos de ambientalistas mexicanos y un perfil de emisiones que la inserta cómodamente en el top 10 global, Pemex nunca ha estado expuesto a la misma presión y nivel de escrutinio que las grandes petroleras globales. Apenas en el 2020, como describí la semana pasada, atrajo presión de los inversionistas de Climate Action 100+; llevaba más de dos años escapándose de su lista de objetivos.

Pero su flamante adquisición refinera de la semana pasada hace imposible que mantenga un bajo perfil en el tema. Para Shell, el momento del anuncio de la venta de la mitad refinería de Deer Park a Pemex no pudo ser mejor. En la misma semana que perdió el juicio climático en la Haya, adquirió una nueva pieza de evidencia, bastante contundente, de esfuerzos preexistentes por reducir su huella climática. Para Pemex, no pudo ser peor. Como contraparte de la transacción, mandó una señal clara y fuerte a la comunidad ambiental de lo que parecen esfuerzos decididos por incrementar e internacionalizar su huella contaminante.

No hay que rascarle mucho para ver la profundidad del problema. Los puntos porcentuales que la mitad adquirida de Deer Park van a agregar a las emisiones de Pemex tienen que sumarse a su preocupante deterioro ambiental. En el 2020, un año en el que Pemex produjo menos gas y petróleo, inexplicablemente incrementó sus emisiones de GEI en un alarmante 12.5 por ciento. En el 2019, además, habían incrementado en 3.3 por ciento. Si la tendencia de los dos primeros años del sexenio se mantiene, Pemex cerrará el 2024 con emisiones 80% más altas que en el 2018. Y este número siquiera contempla las adiciones de Dos Bocas y la mitad de Deer Park que quiso adjudicarse hacia adelante.

Si esto no es un reto directo a la comunidad internacional, cada vez más ambientalista, urge corregir y aclarar. En este camino, lo de menos son las portadas de revistas. ¿Cuánto tiempo se puede seguir así sin ser señalado como un gran infractor ambiental por la comunidad internacional? 

Twitter: @pzarater

Más Allá de Cantarell / Pablo Zárate /El Economista

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