Opinión

El doble de muertos: ¿mentira o ineptitud?


JORGE FERNÁNDEZ MENÉNDEZ

Razones

Si algo faltaba para demostrar el mal manejo de la pandemia a lo largo de estos once meses, los datos aportados ayer por el Inegi lo exhiben públicamente. Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, entre enero y agosto del año pasado fallecieron por covid 108 mil 658 personas, una cifra un 44.8% mayor a la que dio a conocer la Secretaría de Salud. El Inegi explicó que ese aumento de cifras se debió a que contabilizó las personas que fallecieron en sus domicilios o en la calle y Salud sólo a las que los hacen en hospitales.

Eso confirma que de poco sirven las conferencias diarias del equipo de López-Gatell si las cifras que se proporcionan están erradas hasta en el número de fallecidos, nada menos que en un 44.8 por ciento. Confirma también que, con los datos del Inegi, se podría asegurar, como ya lo habían adelantado varios analistas independientes, que la cifra de víctimas de la enfermedad no son los más de 153 mil contabilizados al día de hoy, sino, por lo menos, 300 mil. Los que han adquirido la enfermedad, con o sin síntomas, deben ser, por lo menos, tres millones de personas.

Pero la información oficial sobre el tema no cambia ni siquiera con la enfermedad del presidente López Obrador. El martes, con casi mil 800 fallecidos, fue el día más letal desde que comenzó la pandemia. Ayer, la secretaria Olga Sánchez Cordero (que tuvo el buen criterio, en lugar de asegurar que tenía “otros datos”, de aceptar que las cifras del Inegi son confiables) aseguró que la pandemia “está contenida y con ligero descenso”.

Sería terrible que después de semanas de un nuevo confinamiento y con la actividad económica parcialmente detenida, no pudiéramos “contener” la cantidad de contagios, pero lo cierto es que aún estamos lejos tanto de lograr un descenso de la curva (¿recuerda cuando en abril del año pasado se aseguraba que ya se había aplanado la curva de contagios?) como de recuperar cierta estabilidad sanitaria, económica y social.

Lo más grave de todo esto es la mentira, la falsificación de los datos o la simple ineptitud. De la misma forma que los muertos son casi el doble de lo que se afirmó durante meses, las vacunas tampoco están aseguradas, como se dijo en su momento, y hoy hay desabasto de las mismas (por causas internas y también externas). Se dijo que ese retraso era para ofrecerle vacunas a los países pobres, cuando públicamente no es así, sino por cambios en la cadena de producción de farmacéuticas y, además, porque nuestros pagos por adelantado acordados con el mecanismo de Naciones Unidas creado al respecto no alcanza ni remotamente para estar entre los primeros de la fila para recibir vacunas.

Y, al final, terminamos con la vacuna Sputnik. La Cofepris autorizó fast track la vacuna rusa, que sólo están utilizando, al día de hoy, un puñado de países, en América sólo Argentina, Bolivia y Venezuela. La vacuna no ha sido aprobada ni por la FDA estadunidense ni por la agencia de control de medicamentos de la Unión Europea. La OMS la considera una vacuna “en desarrollo”. La Cofepris aprobó la vacuna rusa sólo con el expediente que trajo López-Gatell de Argentina, sin que haya concluido la fase tres de experimentación de la misma o, por lo menos, sin que la comunidad científica conozca y pueda certificar esos resultados. La ciudadanía sabe aún menos y no hay fuentes para conocer su fiabilidad.

Pero para aumentar la desconfianza siempre hay argumentos adicionales. La misma Cofepris, que en tiempo récord aprobó la vacuna Sputnik (y que aún no aprueba la de Moderna, estadunidense, y a la que muchos investigadores consideran como la mejor y más confiable, pero ya dijo López-Gatell que no se comprará porque “tenemos abasto suficiente de vacunas”), es la que fue exhibida por Estados Unidos al ser prohibidos por las autoridades de ese país todos los gel desinfectantes de mano procedentes de México, porque se comprobó que el 86% de ellos utilizan productos altamente contaminantes y mienten respecto a sus contenidos. Todos esos productos tienen que haber sido aprobados por la Cofepris antes de salir al mercado. Si con ese cuidado aprobaron la vacuna rusa, estamos perdidos.

ENERGÍA

Las señales que envía la administración Biden respecto a sus acciones en energía son contundentes y si aquí no se toma nota, no habrá posibilidad alguna de subirse, aunque sea como furgón de cola, al tren de la recuperación económica de la Unión Americana. Más allá de cumplir con distintos compromisos explícitos como el regreso al Acuerdo de París, hay medidas muy concretas que deberían hacernos comprender, de la administración Biden, que el giro hacia las energías limpias y renovables es irrevocable. Uno es la cancelación del controvertido proyecto del oleoducto que uniría Alberta, en Canadá, con Nebraska, en la Unión Americana, por los daños medioambientales que ocasionaría su construcción. Otra decisión notable es la del reemplazo gradual de todo el parque vehicular del gobierno federal por vehículos que no utilicen energías fósiles. El tercero es la prohibición de perforar pozos petroleros en cualquier terreno federal. ¿Y en México seguiremos apostando al combustóleo y a Dos Bocas?

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