La epidemia de infalibilidad de Estados Unidos

Nadie es perfecto. Sin embargo, el punto es intentar ser mejor… lo cual significa aceptar tus errores y aprender de ellos. Pero eso es algo que quienes ahora gobiernan Estados Unidos nunca hacen.

23 marzo 2017, 2:37 pm

ORO NEGRO

WASHINGTON.- Dos semanas después de que el presidente Donald Trump afirmó, extrañamente, que el gobierno de Barack Obama había interceptado su campaña, su secretario de Prensa sugirió que GCHQ —la contraparte británica de la Agencia de Seguridad Nacional— había hecho la intervención imaginaria. Los funcionarios británicos estaban indignados y pronto la prensa británica reportó que el gobierno de Trump se había disculpado.

Pero no: en una reunión con la canciller alemana, una aliada a quien también está alejando, Trump insistió en que no había nada de qué disculparse. Dijo: “Todo lo que hicimos fue citar a un experto jurídico muy talentoso”, un comentador (desde luego) de Fox News.

¿Acaso alguien se sorprendió? Este gobierno opera bajo la doctrina de la infalibilidad trumpista: nada de lo que diga el presidente está mal, ya sea su falsa afirmación de que ganó el voto popular o su aseveración de que la tasa de homicidios más baja de la historia en realidad está en un nivel récord. Nunca admite error alguno. Y nunca hay nada de qué disculparse.

En este momento no es noticia que el comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo es un hombre al que no le confiarías que estacionara tu auto ni que alimentara a tu gato. Gracias, Comey. Pero la incapacidad patológica de Trump para aceptar su responsabilidad es solo la culminación de una tendencia. La política estadounidense —por lo menos en uno de los extremos— está sufriendo una epidemia de infalibilidad, de personas poderosas que nunca admiten haberse equivocado.

Más tarde, en la secuela de la crisis financiera, muchos analistas económicos exhibieron una incapacidad similar de admitir errores.

Recordemos, por ejemplo, la carta abierta que un grupo de conservadores notables envió a Ben Bernanke en 2010, en la que advertían que sus políticas podrían conducir a la “degradación monetaria y la inflación”. Eso no sucedió pero, cuatro años más tarde, cuando Bloomberg News contactó a muchos de los que firmaron la carta, nadie estaba dispuesto a admitir que se habían equivocado.

Por cierto, los informes de prensa dicen que uno de ellos, Kevin Hassett —coautor del libro de 1999 Dow 36.000— será nominado como presidente del Consejo de Asesores Económicos de Trump. Otro de ellos, David Malpass, el execonomista en jefe de Bear Stearns, quien declaró en vísperas de la crisis financiera que “la economía era robusta”, ha sido nombrado subsecretario de Hacienda para Asuntos Internacionales. Seguramente se llevarán de maravilla.

Solo para ser claro: todo el mundo comete errores. Algunos de estos errores están en la categoría de “nadie lo habría sospechado”. Pero también existe la tentación de involucrarse en un razonamiento motivado y permitir que nuestras emociones afecten nuestras facultades críticas, y casi todos sucumben a esa tentación de vez en cuando (como a mí me pasó la noche de las elecciones).

Nadie es perfecto. Sin embargo, el punto es intentar ser mejor… lo cual significa aceptar tus errores y aprender de ellos. Pero eso es algo que quienes ahora gobiernan Estados Unidos nunca hacen.

¿Qué nos pasó? Parte de ello seguramente tiene que ver con la ideología: cuando uno está comprometido con una narrativa fundamentalmente falsa sobre el gobierno y la economía, como casi todo el Partido Republicano, enfrentarse a los hechos se convierte en un acto de deslealtad política. En contraste, los miembros de la administración de Obama, desde el presidente hasta el puesto menos importante, en general estaban mucho más dispuestos a aceptar la responsabilidad que sus predecesores de la era Bush.

Pero lo que ocurre con Trump y su círculo íntimo al parecer tiene menos que ver con la ideología que con frágiles egos. Admitir haberse equivocado acerca de cualquier cosa, según se imaginan, los haría perdedores y terminarían siendo personas sin importancia.

En realidad, la incapacidad de participar en la reflexión y la autocrítica es la marca de un alma diminuta, encogida… pero ellos no tienen la madurez suficiente para ver eso.

¿Por qué tantos estadounidenses votaron por Trump, cuyos defectos de carácter debieron ser evidentes mucho antes de las elecciones?

El fracaso catastrófico de los medios y la negligencia del FBI desempeñaron papeles cruciales. Sin embargo, sospecho que también está pasando algo en nuestra sociedad: muchos estadounidenses ya no parecen entender cómo debe hablar un líder, pues confunden la grandilocuencia y la beligerancia con la firmeza.

¿Por qué? ¿Acaso es la cultura de la celebridad? ¿Es el desánimo de la clase obrera canalizado como un deseo de tener líderes que escupen eslóganes fáciles?

La verdad es que no lo sé. Pero al menos podemos esperar que ver a Trump en acción sea una experiencia de aprendizaje, no para él, porque nunca aprende nada, sino para la clase política. Y tal vez, solo tal vez, terminaremos por poner un adulto responsable en la Casa Blanca.