El muro empieza en el sur; México alcanza cifras récord en deportaciones

Se disparan un 1000% las solicitudes de refugiados. Las organizaciones hablan de "crisis humanitaria” en la frontera sur.

6 febrero 2017, 7:40 am

JACOBO GARCÍA
ORO NEGRO

TAPACHULA.- A orillas del río Suchiate, Carla Ochoa sirve cerveza mientras aguanta comentarios impertinentes y miradas lascivas de tres borrachos que llevan desde las diez de la mañana exigiendo una ‘caguama’ (botella de 1L.) tras otra.

La frontera entre México y Guatemala, de unos 1.000 kilómetros de longitud, a la altura de Tecun-Uman, es un río marrón que durante el estiaje lleva agua hasta las rodillas y se puede cruzar caminando, sin preguntas ni papeles, junto a la garita aduanal.

Sin embargo, a Carla, después de tres intentos para llegar a EE.UU., dos hijos y una violación, se le han quitado las ganas de volver a pasar por México y prefiere seguir poniendo cervezas en el lado chapín, como son conocidos. Se quedó sin dinero- y casi sin matriz- pero atiende mesas con más hombría que los rudos muchachos que beben al sol y los policías que la violaron.

A unos metros de ella, Josué, también hondureño, se arrastra sobre los muñones de la rodilla cerca del río.

En este punto, el lado guatemalteco de la frontera es un tramo de tierra donde conviven vendedores llevando mercancía de orilla a orilla, coyotes, migrantes, prostitutas, vecinos, cambistas, ‘tricicleros’ y un espontáneo que arranca la piel a un tlacoache recién cazado, ante la entusiasta mirada de todos los anteriores, que siguen el despellejo como un espectáculo de un circo.

“El hijueputa tren” dice sobre al accidente que le dejó sin piernas hace seis meses cuando intentó subirse a ‘La Bestia’, que recorre el país de sur a norte por el Golfo de México.

“Me agarré al vagón pero tropecé y caí bajo las ruedas. Al principio no me di cuenta, ni dolor sentía, pero cuando quise levantarme vi las dos piernas como por allí tiradas” dice señalando al aire. Según la Cruz Roja cada año 37 personas pierden alguna extremidad intentando subir al tren.

Josué aprendió después, en el hospital de la localidad Gómez Palacio, por boca de otro mutilado, que la mejor técnica para subir es acompañar a la carrera el tren y utilizar los dos brazos para agarrarse al vagón y poder saltar sin ser arrastrado. Pero eso lo supo después.

Ambos, Carla y Josué, se han quedado al otro lado del invisible muro sur.

La intensa vigilancia policial, ‘La Bestia’, los cárteles, las redes de trata y las deportaciones son los ladrillos de un ‘muro’ virtual, que se levanta a 3.000 kilómetros al sur del que quiere construir Donald Trump.

“El muro que temen los migrantes es México, no el de Trump” explica Mario Hernani coordinador de la casa del migrante de Tecun Uman, último municipio de Guatemala. “Todos los que emprenden el camino saben que van a ser asaltador, extorsionados o violados, principalmente por las autoridades” añade.

Según la Red de Organizaciones Defensoras de Migrantes (Redodem), que entrevistó a más de 30.000 migrantes acogidos en su red de albergues, casi la mitad de los delitos contra ellos en 2015, fueron cometidos por policías (41%) y el resto por el crimen organizado y la delincuencia común.

Algunos expertos creen que el muro de Trump, aunque es un agravio diplomático y una ofensa entre países vecinos, no supondrá, en el fondo, un gran cambio en la estructura de México.

A corto plazo donde más se notaría es en la emigración irregular y el ‘efecto llamada’, en previsión a un endurecimiento de las políticas migratorias de EE. UU. Cada año transitan por México 400.000 personas, principalmente centroamericanas, con menos de 60 dólares en el bolsillo, que participan de un éxodo silencioso que huye de la violencia.

Marcelo, de 36 años y Nancy, de 20, salieron corriendo de El Salvador el 4 de enero cuando un tipo de la Mara-Salvatrucha, la pandilla más numerosa del pais, apareció en su casa, golpeó con la culata de la pistola en la puerta y les dio 24 horas para dejar su hogar. Era la última advertencia. Querían que Nancy empezara a trabajar para ellos.

El día de Reyes, nada más atravesar el río y pisar suelo mexicano, les robaron el dinero y los viejos celulares que llevaban. Sentado en el modesto patio del albergue de la orden de los escalabrinianos, eso de ‘efecto llamada’ le suena demasiado sofisticado.

“No, ni madres, yo me fui de El Salvador por miedo y no por el muro, porque la MS me iba a hacer pedazos al día siguiente” dice Marcelo agarrado a la mano de su novia. “No sé si habrá muro o no pero yo tenía que salir ya” dice mirando al suelo.

Al ‘efecto llamada’, la Agencia para los Refugiados (ACNUR) y la red de albergues y organizaciones que trabajan con migrantes contraponen desde hace años otro concepto: “crisis humanitaria”.

Los últimos seis años las peticiones de asilo en México han crecido más de un 1000%. La curva ha pasado, de unos pocos cientos de casos en 2011, a casi 9.000, cinco años después, según ACNUR. Y prevén el doble el año que viene.

Más del 90% de esas solicitudes provinieron de personas del triángulo norte de Centroamérica-Honduras, El Salvador y Guatemala-, que huyen de ciudades como San Salvador (El Salvador) o San Pedro Sula (Honduras), consideradas entre las más violentas del mundo. La Agencia de Naciones Unidas compara la situación actual con el éxodo de centroamericanos durante las guerras de los años 80.

La respuesta de México ha sido reforzar el presupuesto para la detención de migrantes y refugiados con la implementación del ambiguo Plan Frontera Sur, firmado en 2014 en el marco del plan Mérida, que prevé la colaboración con EE. UU. para el combate al crimen organizado. Desde entonces se ha multiplicado el número de detenciones y deportaciones.

Barack Obama fue el presidente que más migrantes deportó, 2’8 millones de personas entre 2008 y 2016. Sin embargo, México ha tomado el relevo como gendarme del sur y los dos últimos años superó a EE.UU. en número de expulsiones. El año pasado EE.UU. deportó a 96.000 migrantes frente a los 147.000 de México, a un ritmo de 293 diarios, segun cifras oficiales.

Sin embargo, mientras que EE.UU. deporta a migrantes que, principalmente, han cometido algún delito en México muy pocos de los expulsados tenía antecedentes penales. Segun la Cruz Roja la detención debe ser “una medida excepcional” y denuncia que sigue dándose casos “de detención sistemática de personas migrantes” señaló Oliver Francis de CICR.

“México está haciendo el trabajo sucio de EE. UU., eso es lo que le encargaron y lo está cumpliendo a la perfección” dice Cristóbal Sánchez, activista en defensa de los migrantes.

Paralelamente México tiene una tasa de reconocimiento a refugiados del 64%, un dato elevado en comparación con otros países y que recuerda la mejor vocación de acogida, especialmente con españoles y centroamericanos durante los años de guerra civil.

Acobardados por el delicado momento en que llegan a Tapachula, Marcelo y Nancy, están a la espera de tramitar sus documentos como refugiados mientras esperan en el albergue Belén antes de volver a la ruta. “Quiero llegar a EE. UU. y si no es posible estaría contento en México. Pero no en Tapachula, aquí tengo miedo a la policía y al clima hostil que se respira en la zona” lamenta. “Nos han llamado rateros, secuestradores, delincuentes, mareros..”. La pareja salvadoreña tuvo la mala suerte de llegar a la ciudad durante los saqueos en protesta por el aumento de la gasolina.

Al caldear el ambiente en contra de los migrantes contribuyó el alcalde de Tapachula Neftalí del Toro (PRI) quien los señaló de estar detrás de los asaltos, a pesar de que durante las protestas de enero hubo días con más de 100 incidentes simultáneos en todo el país. “Tapachula está contaminada por los extranjeros” dijo el alcalde de una ciudad de 400.000 habitantes, 3.500 cantinas y puticlubs y una biblioteca. Fuente El País.