Abusadas y sometidas: así es la vida de las niñas ‘esposadas’ a un matrimonio en México

3 enero 2017, 9:35 pm

OSCAR BALDERAS
ORO NEGRO

CIUDAD DE MÉXICO.- Ven. Quiero presentarte a Lourdes. Ella ha viajado hasta acá para que conozcas su historia.

Para que ella pueda hablarte con franqueza debemos encontrarnos en un salón privado que nos han reservado dentro de un viejo centro comercial en la frontera con Estados Unidos, donde hablará sin temor a ser vista por un vecino o a llorar sin vergüenza. Siéntate junto a ella y su cabello rojizo, su piel blanca, sus ojos tímidos y sus manerismos de niña ensimismada. Entonces, podrás escuchar lo que tiene que decir:

Me llamo Lourdes, tengo 28 años y estoy casada desde que era muy chiquita. Una niña-esposa. Lo sigo siendo porque, de algún modo, mi crecimiento como persona se detuvo cuando me casé. Lo primero que debes saber es que mi historia es como la de otras mujeres en mi situación: mi familia es un desastre. Mi mamá y mi papá me abandonaron y me adoptó una tía que le dejó mi crianza a mi abuela golpeadora. Yo no sé si tanta pobreza les nubló la vista, pero nadie en casa vio, o quiso ver, que mi tío abusaba sexualmente de mí desde muy pequeña. Crecí buscando cariño y, por eso, me enamoré del primer hombre que me dijo cosas bonitas. Me pidió que me casara con él y acepté sin pensarlo. Creí que era mi boleto para escapar de los maltratos, pues sólo si me convertía en esposa de alguien, mi familia me dejaría abandonar la casa. Pero, ¿quién a los 14 años sabe lo que es el amor y lo puede prometer para siempre? ¿Qué pensaba él, a los 16 años, que me podía ofrecer?

Lourdes, de 28 años, casada a los 14 años, tiende la cama donde duerme con su esposo. (Imagen por Eunice Adorno/VICE News)

Apenas llevaba unas semanas como esposa cuando supe que estaba embarazada y meses antes de cumplir 15 años, tuve a mi primer hijo. Ahí fue cuando mi vida se congeló: abandoné la escuela, tiré mis sueños de tener un título profesional, le dije adiós a mis amigos y me encerré en mi nueva casa para cumplir con mis “deberes” de señora y madre. Yo era una niña cuidando a una bebé y mis errores enojaban a mi esposo, que en el fondo era tan niño como yo. Ahí entendí que no había escapado de la pobreza ni de los malos tratos: él me retiró las palabras bonitas, los abrazos y la vida de telenovela que soñé. La casa se llenó de reclamos, insultos, apodos. “Te prohibo que vayas a ver a tus amigos”. “Te quedas aquí a limpiar”. “¿A dónde vas tu sola?”. Me da vergüenza, pero mi vida ahora sólo es sacudir, barrer, trapear, cocinar, como si yo no sirviera para otra cosa. Ahora estoy a punto de cumplir 29 y jamás he ido a una discoteca. Nunca he ido de vacaciones. No conozco el mar, no sé lo que es ir a una fiesta y veo desde afuera los restaurantes bonitos de mi ciudad. Veo la tele y fantaseo que tengo muchos amigos o que tengo un trabajo importante. Si ahorita me divorcio, ¿quién me va a contratar? ¿Qué empleo me van a dar? Mis únicos “compañeros” de trabajo, si se pueden llamar así, son la escoba y el trapo. ¿Qué haría si pudiera regresar el tiempo y me encontrara conmigo misma a los 14 años? Me diría: Lourdes, no te cases. Y a las demás niñas les diría: no dejen que las casen. Estudien, prepárense, bailen, tengan amigos. Porque se vive muy mal así. Seguramente hay más vida que esto, pero mientras siga casada creo que seguiré aquí. Por eso sigo siendo una niña-esposa: aunque tengo 28 años, casi 29, en realidad sigo teniendo 14. Como que mi vida se detuvo en seco cuando dije “sí” al matrimonio estando tan chiquita.

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Busca en Google.com las palabras “niñas esposas” y en 0.53 segundos tendrás poco más de medio millón de resultados. Encontrarás suficientes textos, fotografías y videos sobre las 15 millones de niñas que cada año se casarán antes de cumplir 18 años en algún lugar del mundo como Yemen, Turquía, Camerún, Pakistán y muchos más países que se sienten tan lejanos como un océano de distancia. Probablemente, en los primeros resultados sobre matrimonio infantil no aparecerá México. Pero debería.

La representante en México de ONU Mujeres, Ana Güezmes, dice que aquí las bodas entre menores de edad y adultos son una “pandemia”: una de cada cinco niñas en México entra en unión conyugal antes de los 18 años. Y ella, que es una defensora de derechos humanos de conversación pausada y palabras cuidadosas, que casi nunca es estridente, en este tema avienta palabras con carga explosiva: dice que eso es una “masiva violación de derechos humanos”, “una práctica nociva”, “una catástrofe nacional y global”.

“Lo que pasa en México es una tragedia silenciosa”, dirá Ana Güezmes. Y se refiere a casos como el de Lourdes y todas esas niñas-esposas en el país a quienes, si quisiéramos juntarlas en un mismo lugar, necesitaríamos construir 80 veces el Estadio Azteca: hay 6.8 millones de mujeres de entre 15 y 54 años que se casaron en antes de cumplir 18 años, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

Niñas que según expertos siguen ciertos parámetros: a los 12 dejaron la escuela; a los 13 quedaron embarazadas de un hombre de 30. A los 14 aprendieron a cambiar un pañal. A los 15 supieron lo que es un marido golpeador. A los 16 conocieron lo que es perder la autonomía de sus vidas. A los 17 tuvieron una enfermedad de transmisión sexual. A los 18 años ya parecen señoras. A los 30 años ya son abuelas que heredaron la pobreza a la tercera generación.

Una de cada cinco niñas en México entra en unión conyugal antes de los 18 años. (Imagen por Eunice Adorno/VICE News)

Y aunque desde 2014, el gobierno de México comenzó a poner en vigor la Ley General de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes para prohibir el matrimonio antes de los 18 años de los Códigos Civiles de todos los estados, aún hay 11 entidades donde la ley permite las bodas entre menores y adultos.

En ocho de ellos —Guanajuato, Guerrero, Hidalgo, Nuevo León, Querétaro, Sonora, Tabasco y Tlaxcala— las y los niños y adolescentes se pueden casar gracias a “dispensas”, es decir, excepciones que marca la ley, como contar con el consentimiento de los padres o, incluso, con el beneplácito del presidente municipal. Pero en tres estados —Durango, Chihuahua y Baja California— la ley no marca esas bodas como excepciones, sino como la regla: la edad mínima para casarse es de 16 años, lo que contraviene tratados internacionales en derechos humanos.

En este último estado vive Lourdes. Específicamente en la fronteriza ciudad de Mexicali, a donde VICE News viajó para hablar con las niñas-esposas y preguntarles sobre un debate que comenzó el año pasado en el país: ¿debe permitirse que los niños contraigan matrimonio?

Lourdes ya ha dicho que no. Ahora, Carolina contará su historia para que tú la leas.

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Hace un mes, me fui de la casa. Me largué harta de que mi esposo fuera el único que se divirtiera. Se va a la pizzería donde trabaja como repartidor y regresa hasta el día siguiente, después de irse de fiesta. Yo no puedo hacer eso, porque si salgo se enoja conmigo y, cuando eso pasa, es violento y ofensivo. Entonces, prefiero quedarme en casa, limpiando y cuidando a los hijos. A veces, pienso que él actúa así porque le faltó divertirse. Se casó joven, pero no tanto como yo. José tenía 22 y yo, Carolina, apenas había cumplido los 15 años cuando nos juntamos. Teníamos unos seis meses de novios y me di cuenta que estaba embarazada. Mi familia aceptó que me fuera con él a criar a mi bebé, ¿qué iba a saber yo de cómo tratar a una recién nacida, si de niña me faltó el cariño de mis papás? A veces pienso que casarme fue un error, porque la vida de mi esposo y la mía son muy desiguales: él sí tiene amigos, yo tengo muy pocos; él sí va a las fiestas, yo casi no; él podría, si quisiera, estudiar, yo eso lo veo muy difícil para mí. Mis días se agotan entre la casa y mi trabajo en el OXXO, donde gano un poquito más que el salario mínimo.


Carolina ha puesto su vida en pausa desde que se casó siendo una niña: sin amigos, escuela ni futuro. (Imagen por Eunice Adorno/VICE News)

¿Que si soy feliz? A medias. Tengo 22 años y disfruto a mis hijos, pero me siento estancada. Quiero entrar a la preparatoria, ser contadora, tener mi dinero y hacer lo que las demás mujeres de mi edad hacen. ¿Qué se sentirá tener un trabajo bonito? ¿Cómo será sentirse libre para entrar y salir de tu casa a la hora que sea? ¿Qué sentirán esas chavas que pueden invitar a sus amigos a comer a sus casas? Si yo me tuviera enfrente, justo el día en que me junté con José, me gustaría decirme: no, Carolina, no lo hagas. Las mujeres deben casarse hasta los 24, 25 años. No trunques tu futuro sólo porque un hombre te dice palabras bonitas. Esas se las va llevar el viento y te vas a quedar atrapada con alguien tan necesitado de cariño y trunco como tú. Ten a tu hijo, pide ayuda, busca una beca, quédate en la escuela, vuélvete contadora y no cajera de una tiendita en la frontera. En unos años, harta de estar con él, te largarás de la casa enfadada por sus fiestas, mientras te haces más invisible, y descubrirás que no tienes a donde ir. Entonces volverás frustrada a tu casa, a la cocina, a la cama, a dormir con alguien que ya no quieres tanto, sólo porque el matrimonio se tragó quién eres y lo que soñaste ser.

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Estas son las cifras de matrimonio infantil. Las matemáticas de la desigualdad. Aquí está lo que mediciones oficiales como la Encuesta Nacional de la Juventud (2014) o la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (2014) encontraron cuando se asomaron a ver quiénes son las menores de edad que primero tuvieron acta de matrimonio y luego credencial de elector.

1. Ellas: a los 17 años, el porcentaje de la población ‘no soltera’ es 3 veces mayor en mujeres, según la Red por los Derechos de la Infancia.

2. Pobres: el 60 por ciento eran pobres; de ellas, el 37 por ciento de las mujeres que se casaron antes de los 18 años se ubicaban en un estrato socioeconómico muy bajo, comparado con el 4 por ciento de las niñas-esposas que pertenecen a la clase alta.

3. Sin estudios: el 87 por ciento de las niñas-esposas estaban cursando educación básica cuando se casaron y apenas el 15 por ciento estaba en algún grado de preparatoria.

4. Indígenas: las jóvenes hablantes de lengua indígena tienen las tasas de matrimonio infantil más elevadas del país: 40 por ciento de ellas, terminarán casadas antes de tener la edad legal para votar.

5. De zonas rurales: más de 5 por ciento de las mujeres en esos lugares se casarán antes de cumplir 15 años, más del doble de aquellas que viven en ciudades.

Una quintilla de condiciones de vulnerabilidad. Para la mayoría de ellas —según revela el informe de ONU Mujeres “Matrimonio y uniones tempranas de niñas”, elaborado este año—, las consecuencias serán devastadoras: dejarán la escuela o serán expulsadas en cuanto se embaracen, algunas morirán en el parto y, de seguro, su horizonte de trabajo se reducirá a empleos mal pagados, al trabajo doméstico y falta de autonomía económica. La eventualidad de contraer enfermedades sexuales estará latente y el riesgo de sufrir discriminación y violencia por parte de sus parejas se elevará en un país donde ocurren seis feminicidios diarios. La posibilidad de perpetuar los ciclos de pobreza será casi un hecho.


Nueve de cada 10 adolescentes de 15 a 17 años en matrimonio está casada con hombres mayores de edad, según el gobierno mexicano. (Imagen por Eunice Adorno/VICE News)

Carmen Carrera, actual regidora de la Comisión de Derechos Humanos en Mexicali, te comentará que si esto apenas se está discutiendo en 2016, es por el machismo enraizado en el país, que ve a las mujeres-pobres-sin estudios-indígenas-de zonas rurales como desechables. Niñas de unicel y mujeres de papel.

Las palabras de Carmen vienen desde los mismos huesos de adolescente que le rompía su esposo: cuando ella vivía en Morelos, Zacatecas, su abuelo la casó a los 16 años con un hombre de 23 años, quien pidió su mano a los tres meses de conocerla. Era 1975 y en el pueblo era común que niñas como Carmen vieran a lo largo de su infancia cómo la mamá era golpeada por el papá, así que muchas adolescentes se casaban para huir de la violencia de sus hogares. Pero pocas contaban con lo que años después comprobarían: era una salida falsa, pues volaban de la violencia de los padres para aterrizar en la del esposo.

“A mí me golpeaba todo el tiempo. Cuando la gente se enteraba de que este señor me golpeaba, mandaban a mi hermano por mí y él me cargaba con el pie roto, las costillas fracturadas. No podía ver de tan cerrado que tenía el ojo —¡a los 16 años!— pero sólo estaba un día alejada de él y llegaba el señor a rogar a mi casa. Mis papás me decían ‘ya perdónalo, se ve que te quiere mucho, te vas a regresar con él’. Me obligaban a volver”.

“El último día que pasé con él, recuerdo, fue porque él quería ir a un balneario. Yo era una niña, quería divertirme, y le pedí que me llevara. Se enojó tanto que me puso una golpiza enfrente de mis tres hijos y ellos, para defenderme, tomaron tenedores y cuchillos de la cocina para enfrentarse a su papá. Ahí fue cuando dije ‘o me quedo y me mata y golpea a mis hijos o lo mato yo, pero alguien va a terminar muerto’. Y me fui. Tomé a mis hijos y con ayuda de mis primos huí del pueblo en la madrugada”.


Carmen Carrera logró lo que pocas menores de edad que son casadas: encontró un camino propio y el éxito. (Imagen por Eunice Adorno/VICE News)

Carmen se cortó la coleta por miedo a que su esposo la encontrara y la volviera a arrastrar por el piso jalándola del cabello. Cuando se la quitó, también tiró el miedo. Huyó a Mexicali, porque de niña conoció la ciudad. En este desierto fronterizo, donde la temperatura llega hasta 50 grados centígrados en verano, rentó un cuarto pequeño sin aire acondicionado para rehacer la vida con sus hijos. A veces, recuerda, el calor era tan fuerte y la pobreza tan sofocante que, en lugar de comprar un aire acondicionado, empapaba la ropa de sus hijos y todos se iban a la azotea a dormir.

Tuvo trabajos precarios, días en que comía lo que los vecinos le donaran, momentos en los que estuvo a punto de creerse la mentira de que ella no podía salir adelante sin un marido. Pero su tesón, dirá, es de acero. Trabajó duro, exigió apoyos del gobierno, ejerció los derechos que supo que le debía dar el municipio y se capacitó en cuanto oficio pudo. En su tiempo libre, empezó a trabajar para hacer más segura su colonia y su liderazgo pronto fue reconocido: hoy es una de las activistas más reconocidas en Mexicali, dueña de su propio taller de costura, ganadora del Premio Nacional Mujer Migrante 2015 y, hace un año, compitió en una elección abierta para obtener una regiduría en la ciudad que la abrazó cuando más lo necesitó. Rebasó por 10.000 votos a su más cercano competidor.

“Mi historia afortunadamente tiene un final feliz. Yo no tenía futuro y me construí uno. Yo soy la prueba de que sí se puede, pero mi historia no es como las demás. Lamentablemente, acá en Baja California las niñas se casan muy frecuentemente. Pero no son esposas, en realidad. Se vuelven hijas de sus esposos, obedecen como si fueran sus papás. Son las más vulneradas, las que viven peor violencia sexual y física.

“Hay algo en el tema que no se está hablando: por culpa de estos matrimonios, ¿cuántas niñas terminan asesinadas por sus maridos?”

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Mexicali, Baja California, es una ciudad atípica: el “centro” está en el norte, justo en la frontera entre México y Estados Unidos. La capital del estado se fundó pegada a “La Línea” —como le llaman al muro que los separa de California, Estados Unidos— y a partir de ahí se desparramó hacia abajo. Es una zona desértica donde viven mexicanos, estadounidenses, una vibrante comunidad china y en los últimos meses, miles de haitianos y africanos que llegaron con la esperanza de cruzar a pie hasta el sueño americano. Típica ciudad fronteriza, salvo porque los letreros en la calle mezclan el mandarín, el francés, el creol, inglés y el español.

Si los centros de las capitales del país dan identidad a los estados, habría que mirar así a Mexicali: a la vista, hay sólo una biblioteca y está rodeada por decenas de tabledance, prostíbulos y bares de ficheras que abundan en la “zona de tolerancia”. Cada giro negro tiene una competencia callada con los demás para ver quién ofrece a las niñas más jovencitas, las que dicen tener 18 años y lucen de secundaria. Muchas usan uniforme escolar.

Instantánea del muro fronterizo que divide Mexicali, México, de Calexico, Estados Unidos. (Imagen por Eunice Adorno/VICE News)

Esa fantasía de niñas disponibles para los hombres maduros de Mexicali salta en las historias de Lourdes, Carolina y Carmen. Ellas pueden y quieren hablar de ello. Pero hay otros lugares, como los ejidos de San Quintín o Punta Colonet, donde los matrimonios entre viejos jornaleros y niñas con edad de ir en educación primaria, es una costumbre silenciosa, pero conocida por todos.

Uno de esos lugares es Maneadero, Baja California, a unas cuatro horas en automóvil de Mexicali. Diana B. es una activista que ahí trabaja a favor de las niñas y mujeres jornaleras. Es una profesión de alto riesgo, pues las zonas agrícolas suelen ser centros de trata de personas, cuyos frutos recoge el crimen organizado. Para maximizar las ganancias de los campos de fresas o algodón, los grupos delictivos alientan los matrimonios entre menores de edad y adultos. Detrás de eso hay una lógica comercial: un hombre casado con una niña, pisca el doble que uno soltero. Así, las niñas-esposas se vuelven una mano de obra baratísima e invisible, pero indispensable para maximizar las ganancias.

Entrar a Maneadero es tan peligroso y complicado que Diana Briseño accederá sólo a hablar por un sistema de mensajería cifrado. En esta conversación dejará claro que Turquía o Afganistán no tienen nada que envidiarle a Maneadero, donde las niñas son obligadas a casarse a los 12 años.

“Las mujeres migracion y narcotrafico esta de la mano. Las mujdres menores de edad. Es muy dificil denunciar y lo hacen y lo cubren como usos y costumbres. Mi telefono no es seguro (sic)”, escribirá Diana. “Son muheres de doce anos (..) Las ninas fallecieron. Y los esposos estan vivos y libres. Son casos de menores de edad (sic)”.

Después de nuestra plática, Diana ya no querrá entrar en detalles. Pero el grito de auxilio quedará registrado.

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El problema del matrimonio infantil va ligado a otro: el de estupro, el delito que comete un mayor de edad que tiene relaciones sexuales “consensuadas” —muchas veces gracias a engaños— con un menor de edad. En Baja California, el Código Penal en el artículo 182, establece que, quien cometa el delito, puede pasar entre dos y seis años en prisión.

Sin embargo, un renglón abajo, artículo 183, se establece que el juez “no procederá contra el estuprador (…) cuando el delincuente se case con la mujer ofendida”, quien deberá probar que es “casta y honesta”, si quiere iniciar un proceso penal contra su violador. Lo mismo pasa en Sonora: se cambia impunidad por bodas y la víctima debe comprobar que “vive honestamente”.

Así es el posible futuro de las niñas-esposas en México: abandonarán la escuela, morirán en el parto de sus hijos, sufrirán violencia en sus casas. (Imagen por Eunice Adorno/VICE News)

Para Rosa María Solís, exdirectora estatal de Atención a Niñas, Niños y Adolescentes en Riesgo de la procuraduría local, esto hace que las mismas autoridades sean quienes promuevan que las niñas terminen unidas conyugalmente con sus violadores.

Lo peor, dirá, es que si la niña-esposa aceptó tener relaciones sexuales con su adulto-esposo, pero con chantaje y engaños de por medio, y si lo denuncia, lo más probable es que él salga sin sanción de los juzgados. Y que ella tenga un castigo seguro en la privacidad de la casa.

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El debate sobre la prohibición o autorización del matrimonio entre menores y mayores de edad aún no tiene consenso.

Para Jesús Martín Jáuregui, ombudsman de Aguascalientes ningún estado debe fijar la edad mínima de 18 años para casarse. En cambio, sí debe dar a los jueces la última palabra sobre si casaría, o no, a un pareja, aunque uno de ellos no tenga credencial de elector.

“Cuando tenemos una norma tajante, sin cortapisas, no dan la oportunidad a que los jueces examinen casos concretos y se pueda dictar una medida”, comentó Jáuregui a principios de noviembre en una entrevista televisiva.

 

Para Regina Tamés, directora de la ONG Grupo de Información en Reproducción Elegida (GIRE), que combate la penalización del aborto y los embarazos adolescentes, entre otros temas de salud sexual, la ley debe prohibir el matrimonio entre menores y adultos, pero también contemplar excepciones para los jóvenes de entre 15 y 17 años que se quieran casar. Esas “dispensas”, asegura, deben revisarse caso por caso por un juez familiar para que se garantice el derecho de los jóvenes a decidir por sí mismos.

“Nunca la prohibición tajante de un fenómeno ha servido para resolver algo. Las prohibiciones totales terminan por afectar las libertades indispensables”.

Para Ricardo Bucio, director del Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes, los 35.358 matrimonios de niñas y adolescentes ocurridos en 2015, son una noticia “terrible”. Él, en concordancia con ONU Mujeres, UNICEF y las Naciones Unidas en México, pide que todos los estados homologuen sus leyes para que sólo si tienes 18 años, o más, puedas contraer matrimonio.

“Este, además, es un tema de discriminación: cuando el grupo más afectado son las niñas y mujeres indígenas con el mejor índice de desarrollo humano, estamos hablando de una política que está dirigida a los más vulnerables”.

Ana Güezmes, la representante de ONU Mujeres, coincide: “se requiere un compromiso reforzado para eliminarlo sin excepción en las leyes (..). Las dispensas se convirtieron en el pasado en una profunda desprotección de las niñas más pobres y alejadas de la justicia”

Mientras el debate sigue, la estadística dice que hoy 96 niñas y adolescentes se casarán en México. Cuatro menores por hora, como Esther, a quien el matrimonio casi acaba con su vida.

Ven. Ella es la última que ha venido hasta acá para contarte su historia.

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Ya perdí la cuenta de las veces que quise matarme. Algunas veces quise hacerlo con pastillas, otras veces con una pistola. Soñaba con acabar todo con un balazo seco y sentir la paz de dejar de existir. ¿Cuándo sentí esas ganas por primera vez? Yo tenía 16 años y ocurrió a los pocos días de que me casé. O mejor dicho: a los pocos días de que mi mamá y mis hermanas me obligaron a casarme con ese hombre ocho años mayor, cuando me embarazó a los 16 años. Nunca creí que terminaría viviendo con él. Lo veía en las reuniones familiares y para mí siempre fue el amigo de mi cuñado y de mis hermanas. Pero me habló bonito, me coqueteaba y, en un descuido, quedé embarazada de él. Fue lo peor que me había pasado en la vida: mi mamá me sacó de la escuela porque decía que mi panza la avergonzaba. Mis hermanas me prohibían ir a las fiestas familiares, parecía que les daba asco verme niña y embarazada. Me gritaban groserías, me humillaban. Sufrí mucho. Y por ese rechazo es que me fui a vivir con él, aunque en realidad nunca quise casarme con él. Pensé “es un buen tipo, es profesionista, tiene dinero, nada puede ser peor que tu casa”. Pero no fue así. Yo creo que tenía un trastorno porque en un momento era atento y educado y en otro se volvía violento. Me apaleaba a cada rato, ¿te conté que el primer golpe me lo dio cuando tenía ocho meses de embarazo? Lo descubrí alcohólico, jugador, mujeriego. Y me vi sumisa, callada, miedosa de tener amigos o amigas porque eso lo transformaba en un boxeador explosivo. Entre los dos procreamos tres hijos y engendramos una relación codependiente. Incluso, cuando estuvo preso tres años y cuatro meses en el penal de máxima seguridad del Altiplano, por delitos contra la salud, no lo abandoné. Es más, aprendí Derecho Penal sólo para sacarlo de la cárcel y que volviera a casa, porque para mí era importante que mis hijos tuvieran papá y mamá, aunque entre nosotros ya no hubiera amor. Qué ingenua, ¿verdad? Hoy, que tengo 37 años y ya no estoy con él, me parece tonto pensar así, ¿Lo dejé? No. Lo mataron.

Fue hace cuatro años, acá en el centro de Mexicali, donde lo acribillaron. Lo dejaron ahí, tirado, baleado, en unas escaleras. Yo sentí que me moría de tristeza, que no iba a poder con tanto llanto, pero hoy estoy feliz. Soy una mujer plena, tomo mis decisiones y he vuelto a salir con un hombre que es todo lo contrario a él. Te diré la verdad, ya no me da miedo decirlo: entre niña-esposa y joven-viuda, elegiría siempre lo segundo.

***VICE News en español, cuadernosdobleraya.com y Ojos de Perro vs la Impunidad A.C., con el apoyo de ONU Mujeres, presentan esta investigación sobre menores de edad que tuvieron acta de matrimonio antes de obtener su credencial de elector.