Mejor dinero en el banco, que petróleo en el subsuelo

24 enero 2018, 9:58 pm

PABLO ZARATE
ORO NEGRO

Por mucho tiempo, México ha presumido tener costos de producción promedio de menos de 10 dólares por barril de crudo, muy por debajo de varios competidores globales. También tiene casi una decena de miles de millones de barriles de petróleo crudo equivalente en reservas. No son enormes, pero sí significativas. Nuestra producción, sin embargo, lleva más de 10 años a la baja.

A primera vista, algo no cuadra. Si el precio, hoy de unos 60 dólares por barril, es varias veces más alto que el costo, ¿qué nos detiene como país para buscar extraer todo el petróleo lo más rápido posible?

La respuesta típica pasa por el concepto de capacidad de inversión. Aun con deuda de por medio, el presupuesto de Pemex, como el de todas las empresas, tiene límites. En un entorno monopólico, esta restricción pesó bastante. Conforme las rondas y los farmouts avanzan, se ha ido disipando.

Hay otra respuesta, menos comentada, pero quizá más importante, que le debemos a Harold Hotelling. Su lema (teorema), muy famoso entre economistas, establece que el dueño de un recurso escaso optimiza su valor cuando lo aprovecha de una forma que el valor de sus activos aumente en línea con la tasa de interés real. Suena técnico y enredado. Pero ha sido la clave para que las reservas se interpreten como un activo financiero. Bajo expectativas de que el petróleo se agote, se ha intuido que su valor en el largo plazo va a incrementar. De aquí el tradicional énfasis de la industria en restituir (reponer) las reservas usadas año con año, aun entre los que tienen varias décadas de producción en reservas.

Conforme el impacto de los desarrollos tecnológicos de los últimos 10 años crece, esta lógica está caducando. A nivel global, ya no se habla de que el petróleo se va a acabar (peak oil). Se habla de que su demanda va a ser la que eventualmente caiga (peak demand). Estamos ante un panorama de abundancia petrolera, no escasez, en el que el lema de Hotelling ya no aplica.

En el nuevo entorno —como Spencer Dale, economista en jefe de BP, y Bassam Fattouh, director del Oxford Institute for Energy Studies argumentan en un ensayo reciente— más vale “tener dinero en el banco que petróleo en el (sub)suelo”. Si la producción futura se va a descontar cada vez más, ya no da lo mismo producir ahora o después. La limitante intertemporal a la producción presente también se está disipando.

El resultado es un sentido de urgencia que está sacudiendo la industria global. Los que tengan la capacidad de producir más a bajo costo van a buscar acelerar su paso para ganar participación de mercado. A mayor volumen, menores precios y más competencia, el universo de proyectos que sobreviven se contrae.

A primera vista, son buenas noticias para México. Los bajos costos de producción podrían ser una ventaja estructural que nos permita ganar más participación de mercado. Y la extinción del modelo monopólico ha encendido un nuevo motor de inversión petrolera, ampliando nuestra capacidad productiva.

Pero vale la pena seguirle la pista completa al argumento de Dale y Fattouh. Para ellos, es el costo social y no sólo el costo marginal de extracción, el que realmente es relevante para determinar la competitividad petrolera de un país. Como México bien sabe por su historia, para producir más petróleo, el que tiene que salir tablas o mejor es el gobierno —que típicamente cuelga del petróleo lo que no cobra vía impuestos— no sólo el productor.

Aquí cambian las cosas. La capacidad de México para recuperar un lugar de liderazgo entre los petroleros está favorecida por las rocas. Pero va a depender menos de la geología que de la capacidad de nuestro gobierno para dar continuidad, no sólo al nuevo modelo energético mexicano, sino también a la despetrolización de las finanzas públicas.

Si Dale y Fattouh tienen razón, no hay tiempo que perder. El Economista