Los tiempos de la refinación

17 enero 2018, 10:48 pm

PABO ZÁRATE
ORO NEGRO

En noviembre del 2016, Adam Williams y Michelle Davis de Bloomberg, dieron la primicia de que Pemex había contratado a Bank of America para buscar socios para sus refinerías. Cuatro meses después, Williams, Davis y Amy Stillman reportaron que, como parte de ese proceso, Mitsui y SK Engineering podrían convertirse en socios de Pemex en el desarrollo y operación de la planta coquizadora de Tula, un proyecto histórico, bajo un esquema innovador para el país.

En julio del 2017, Ana Isabel Martínez de Reuters reportó que Pemex terminaría de escoger socio, a través de un proceso competitivo por invitación en octubre.

Ayer 443 días después de la noticia inicial, Martínez reportó que, aunque hay pasos pendientes para finalizar el acuerdo, Pemex habría elegido a Mitsui.

El énfasis en el tiempo, por supuesto, no es una reflexión sobre la velocidad del periodismo energético en nuestro país. Es sobre los tiempos de la industria de la refinación en México.

La historia de este proyecto comienza aun antes del 2016. Fue en el 2014 que inició la construcción de la planta coquizadora de Tula, un proyecto de unos 2,600 millones de dólares encaminado a incrementar la producción de gasolinas. Al aprovechar al máximo el combustóleo, la producción total de la refinería se incrementaría 40 por ciento.

Durante los últimos cuatro años, bajo el esquema inicial (podemos pensar en esto como un modelo que opera bajo el marco prerreforma), se han invertido más de 1,200 millones de dólares. En abril del año pasado, el transporte y la instalación del primer tambor, o caldera, de la planta coquizadora —una pieza de 10.5 metros de diámetro, 41.4 metros de largo y 565 toneladas— fue todo un espectáculo. En noviembre, se instaló la torre fraccionadora de la planta y se anunció el inicio de operaciones de parte de la planta coquizadora. Pemex reportó que la producción de combustibles crecería de 154,000 a 220,000 barriles diarios.

Si el desarrollo de infraestructura bajo el esquema de operador único suena lento, la interconexión con socios también lo ha sido. Aunque las noticias públicas de este proyecto se pueden rastrear a la nota inicial de Williams y Davis del 2016 sobre el inicio de la búsqueda de socios en refinación, suena razonable pensar que Pemex empezó a trabajar en esto considerablemente antes de contratar a Bank of America. Ha tomado más de año y medio encontrar el primer socio en una parte tan central del proceso de refinación.

Se puede cuestionar la eficiencia de Pemex para operar en ambos casos: tanto en el desarrollo del proyecto bajo el esquema anterior como en el aprovechamiento de la nueva herramienta, la facultad de asociarse. Pero hay que entender que, ante la caída de los precios del petróleo del 2014, Pemex opera bajo restricciones de capital significativas. De la búsqueda de socios, no hay que perder de vista que es la primera vez que se busca estructurar un joint venture en este segmento en el país.

El punto más interesante, siempre, viene de ver más allá. Se ha propuesto, como parte del proceso electoral, fortalecer el sistema de refinación al grado de que, al cerrar el próximo sexenio, México produzca todas las gasolinas que consume. Esto implica reconfigurar refinerías existentes y construir un par de nuevas.

Es poco claro qué proporción de estos objetivos se perseguiría con qué herramienta: la inversión propia de Pemex o las asociaciones o proyectos con privados. Pero, en ambos casos, la evidencia que tenemos hasta ahora enseña que ambas herramientas, aunque funcionan, han sido lentas, aun en proyectos definidos e individuales. ¿Cómo hacer para que el propósito de expandir y reconfigurar todo el sistema, al mismo tiempo, quepa en seis años?