Gasolina barata

9 Enero 2017, 9:01 pm

PASCAL BELTRAN DEL RÍO
ORO NEGRO

La ciudadanía está irritada por el aumento en el precio de los combustibles.

Pero el llamado gasolinazo ha sido la gota que ha derramado el vaso. No es un agravio lo que sienten los mexicanos, sino un montón.

En esta misma edición, mis compañeras Leticia Robles de la Rosa y Tania Rosas Gutiérrez publican un recuento de los expedientes por corrupción abiertos ante la Auditoría Superior de la Federación y 26 contralorías estatales. La suma de lo denunciado alcanza los 245 mil millones de pesos. Más de lo que representaba el subsidio anual a la gasolina.

Eso es lo que verdaderamente debiera indignar y provocar la movilización ciudadana.

Porque la gasolina, si me lo pregunta, tiene que costar lo que cuesta. El impuesto al combustible puede discutirse, en el entendido de que representa un ingreso para el fisco que tendría que recaudarse de un modo u otro.

Las obligaciones del Estado aumentan año con año. El monto de lo que se debe pagar por concepto de pensiones y jubilaciones subió 14% entre 2016 y 2017 y seguirá aumentando.

Puede y debe hacerse una reingeniería del gasto público. Por ejemplo, yo me pregunto la pertinencia de los programas de lucha contra la pobreza que, está visto, no sacan a nadie de pobre. Y así, hay muchos rubros en los que podríamos gastar mejor como país. Sin embargo, no pueden eliminarse los subsidios de un año a otro, a riesgo de provocar un estallido social. Ya vimos lo que pasó con la gasolina. Imagine si quitamos Prospera del mismo modo.

Lo que sí se puede hacer, por simple sensatez, es cerrar todas las puertas a la corrupción y los privilegios indebidos. Y eso puede hacerse ya. Tal vez la clase política no lo quiera por sí misma, pero para eso está la fuerza de la organización ciudadana.

¿Se pondría en riesgo al país si replanteamos el financiamiento público de los partidos? Yo creo que no. Ya es tiempo de que los políticos salgan a buscar sus propios recursos. Sería mejor poner controles a las contribuciones que reciban de individuos o empresas que seguirlos manteniendo mientras corre dinero privado por debajo de la mesa.

Más aún, cortemos todas sus prebendas. Como dice la canción de El Tri: sus viajes, sus viejas (perdón) y sus guaruras. Sus teléfonos celulares de última generación, sus asesores (que luego ni son asesores sino amigos, edecanes o algo más), sus comidas en buenos restaurantes…

Eso es lo que debiera exigirse en las calles, en las redes sociales y en las páginas de los periódicos.

Porque la gasolina barata, perdóneme usted, no es la panacea. Al contrario, es nefasta para el medio ambiente. Si usted está preocupado por el calentamiento global, es incongruente que exija que devuelvan el subsidio a la gasolina.

Hablando de incongruencias: los políticos que más han fomentado el uso del automóvil en la Ciudad de México —con la construcción de segundos pisos— son quienes hoy están azuzando la inconformidad contra el aumento al precio de la gasolina.

Como sociedad, debiéramos aspirar a que el automóvil particular sea cada vez menos necesario. En la capital del país ni siquiera caben más. La gasolina barata alienta el uso del automóvil. Fíjese: fuimos el único país de la OCDE en aumentar su consumo de gasolina durante los años más duros de la recesión internacional que se desató en 2008.

Será una adicción difícil de quitar, a pesar del gasolinazo. El fin de semana pasado, los estacionamientos de los centros comerciales de la Ciudad de México estaban a reventar.

Hasta allí habían llegado, en su propio auto, personas que querían aprovechar los descuentos de principio de año en las tiendas departamentales. El sábado, en una sola plaza comercial había más gente que la que estaba protestando en el Zócalo.

Necesitamos transporte público eficiente. Urge honradez en el servicio público. Eso es lo que tendríamos que exigir, no que nos subsidien la gasolina. Eso no quita que demandemos un esquema gradual del aumento del precio de los combustibles. Y que buena parte de la furia que exige que vuelva el subsidio se dirija a lo verdaderamente urgente: hacer que el gasolinazo no afecte a los más pobres, es decir, los campesinos que deben llenar el tanque de su tractor y los miserables de las ciudades que usan el deficiente transporte público. (Excelsior)